jueves, 14 de abril de 2016

LOS PROFESIONALES EN CASTROMOCHO

CASTROMOCHO


La profesionalidad, un requisito

  Castromocho ha gozado de buenos profesionales. Yo recuerdo a todos aquellos de mi infancia. Por mencionar algunos, recuerdo a don Miguel León, que además de buen veterinario era una persona accesible y coloquial; a don Agustín León, el médico, nuestro médico, a quien los niños además admirábamos como jinete de su caballo "Azaña"; a doña Concesa, la maestra de las niñas, al secretario mi tío Marciano Camazón... todos ellos llenaron una época.
  Y ¿quién no recuerda en otra esfera a profesionales como Antonino el alguacil, que al son de tambor cantaba en ciertas esquinas con voz potente los bandos de "por orden del señor alcalde de esta villa se hace saber"..., o del señor Restituto, sacristán y organista?. Un modelo de profesionalidad fue Elías Ferreras, que habiendo nacido labrador, se convirtió en un herrero experto y habilidoso, que sacó de muchos apuros a los labradores en los arreglos de sus aperos y maquinarias. Todo esto lo recuerdo a raíz de una crónica de mediados del siglo dieciocho.
  El día veinticinco de abril de mil setecientos setenta y seis, don Genaro de la Rosa, juez de Castromocho, recomendó al escribano, Manuel González que debía demandar y mandó hacer y que se haga por su merced y demás de su audiencia el reconocimiento de las carnicerías, abacerías, tiendas, tabernas, mesones, cárceles, casas de ayuntamiento y demás puestos públicos que había en dicha villa y que el día que se haga que se ejecute, se ponga por diligencia, así lo previó y mandó.
  Las cosas se tomaron a pecho y "en la Villa de Castromocho a veintiséis de dicho mes de abril y referido al año de mil setecientos setenta y seis, el señor Juez de esta residencia pasó a hacer reconocimiento y visita... acompañado de su alguacil y de Manuel Gutiérrez Castillo... a los puestos, tiendas y abastos..."
  La inspección baja a detalles minucioso. De las pesas de una carnicería dice "estar bueno" y de los garfios "en su fiel peso".
  En el Mesón de Juan de Lora resalta que se inspeccionaron cuadras y pesebres"...  y por no haber parecido fijado aranceles preguntósele el motivo; respondió que nunca había tenido, ni cuidado de ello... Encargósele que lo sacare y fijare en el día, pena de mil maravedís,,, y so la misma pena no tuviese gallinas ni cerdos en dicho mesón y por el defecto de dicho arancel reservó su merced en sí, la condención y providenciarlo convenientemente". Además de este existían dos mesones en el pueblo, que se ganaron multas parecidas por parecidas deficiencias. Con el tiempo fueron desapareciendo todos estos mesones y en los años veinte de este siglo no había más posada en Castromocho que la de la señora Jovita.
  En la "abazería" o tienda de aceite y pescado hallaron "algunas pesas estar rotas por el hondón y este estar tapado con cera y con todo defectuoso, lo que se recogió" aunque en tiendas y mesones.  "El día 27 de dicho mes y año" se personaron ante don Manuel de Soto" que presentó su título de Maestro de primeras letras dado en Madrid con fecha de doce de junio de mil y setecientos setenta y cinco... que visto y reconocido por su merced se le devolvió con la nota correspondiente.
 El 28 la inspección llega a don Santiago del Rio Gutiérrez, cirujano, cuyo certificado estaba fechado en Madrid el 18 de mayo del mil setecientos cuarenta.
  Gracias a esta inspección sabemos que el Boticario se llamaba Gregorio Rebolledo y el médico José Zilleruelo.
  No encontraron el juez y el escribano tantas facilidades en la presentación de certificados y documentos con los maestros de obras, que parecen abundaban en aquel tiempo. Recuerdan las crónicas que se les pidieron "sus respectivos títulos" y todos respondieron que "no los tenían".
  La competitividad y eficacia abarcaba todos los ramos. El día dos de mayo el señor juez de Castromocho  pedía a don Manuel Mata Blanco su titulo de "Herrador", que por cierto, había sido despachado en su favor en Madrid con fecha de veintinueve de octubre de mil setecientos seis" y por supuesto pareció estar bueno".
  Estamos acostumbrados a oír de pactos de competitividad y a inspecciones de calidad de productos. Por lo que se ve no es cosa nueva. En el siglo diez y ocho ese control llegaba hasta lugares tan olvidados como Castromocho. Los fallos y defectos no se remediaban con unos cuantos maravedís, pues la crónica añade que;"... habiéndoles pedido sus títulos o cartas de exámenes y respondido que no las tenían, sobre todo los maestros de tejidos de estameña, se les previno por dicho señor, que al término de seis meses se examinasen y presentasen dichas cartas ante la justicia de esta villa"

  Pedro Junquera, C. M.
 



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